"El milagro Spinoza": consuelo para el alma, no liberación del cuerpo.

 No se trata de tener la razón. Se trata de que el cuerpo actúe como si ya no hubiera Amo.
Frédéric Lenoir presenta a Spinoza como un sabio que cura el alma con la razón. En El milagro Spinoza, el filósofo holandés deja de ser un pensador radical para convertirse en un terapeuta espiritual: su ética, una vía hacia la paz interior; su Conatus, una receta para la felicidad personal. El sufrimiento no se entiende como efecto de la Plantación Colonial, de la explotación o de la necropolítica, sino como fruto de la ignorancia individual. Basta con “entender las causas” para dejar de sufrir.

Este enfoque es seductor, pero peligroso. Lenoir desarma a Spinoza de su radicalidad política. El Conatus no es una potencia colectiva que exige transformar el mundo; es una energía privada que se gestiona en la soledad del estudio. La alegría no es el resultado de la acción compasiva, sino de la coherencia intelectual. Y así, el lector cierra el libro con una sensación de alivio… y ninguna obligación ética.

El verdadero Spinoza —el materialista que escribió que “la esencia del hombre es el deseo”— no busca consolar, sino destruir las ilusiones que atan al sujeto al Amo. Su ética no es un refugio; es un acto de guerra simbólica. Pero Lenoir lo domestica. Lo convierte en un aliado del orden: si sufres, no es por el sistema, sino porque no has leído bien a Spinoza.

Y aquí está la trampa: el sufrimiento no se disuelve con la comprensión, sino con la acción. No basta con saber que el deseo es esencia; hay que usar ese deseo para construir redes que sostengan a los náufragos. La alegría spinoziana no es una emoción quieta; es el aumento del Conatus colectivo medido en la respiración, el tono abdominal, la resonancia con el otro.

El milagro Spinoza es un libro útil para quien busca paz interior. Pero es inútil para quien busca justicia. Porque la verdadera ética no se practica en la contemplación, sino en el acto: en el gesto que rompe la lógica del descarte, en la palabra que no miente sobre la mezcla, en el cuerpo que se pone al servicio de la potencia del otro.

CHA no rechaza a Spinoza. Lo subvierte. No se trata de entender que “Dios o la Naturaleza” es inmanente. Se trata de actuar como si esa inmanencia ya hubiera quemado las cárceles del deseo.

No se trata de entender a Spinoza. Se trata de actuar como si su ética ya hubiera destruido las cárceles del deseo.

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